Santiago de Cali, 5 de agosto de 2026
En el barrio Boyacá, donde el día se despereza entre el chocar de los martillos de los zapateros, los pasos cansados de los recicladores y la fuerza silenciosa de las madres cabeza de hogar, hay un aroma que cura el alma. Allí, donde la vulnerabilidad duele, una mujer se levanta todas las mañanas con el corazón rebosante de entusiasmo, su misión no es solo cocinar; es garantizar que en su territorio nadie se quede con las manos vacías ni el estómago en silencio.
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Se llama Lucy Uribe Carrillo, aunque para la comunidad no hay formalismos: todos la llaman “Mamá Lucy”. Caleña de cepa, madre de tres hijos y abuela de cuatro nietos, creció en un hogar cimentado en el respeto, la responsabilidad y esa vocación innata de servir. Lleva 18 años como lideresa social y siete al frente del Comedor Comunitario ‘Boyacá’, en la Comuna 11.
“Siempre me ha gustado servir a la comunidad, me duele el corazón ver a los habitantes de calle tan desprotegidos y que no tienen un plato de comida, por eso Dios me pone como meta tocar puertas; así llegué a este programa donde he recibido tanto apoyo”, relata con la voz entrecortada y los ojos inundados de sentimiento.
Lo que hoy es un refugio diario comenzó como un milagro; nacieron como una olla comunitaria que encendía sus fogones solo tres veces por semana. Pero como bien dice doña Lucy, “el hambre no da espera”. Gracias a la Alcaldía, la Pastoral Social y una labor comunitaria incansable, lograron abrir las puertas de lunes a sábado en su comedor.
A partir de las 10:00 de la mañana, la fila empieza a cobrar vida. Lucy y su equipo atienden diariamente a más de 90 personas: niños, migrantes, personas mayores, recicladores y habitantes de calle.
Entre ellos camina despacio don José Olmedo, de 80 años. Aprieta contra su pecho su vianda, el recipiente plástico que para él representa la vida misma. “Para mí este comedor es una bendición, vivo solo, no tengo apoyo de nadie y si esto deja de funcionar, simplemente no como, por eso bendigo todos los días a quienes hacen posible este lugar; aquí muchos lo necesitamos”, confiesa con la franqueza de quien ha encontrado allí su único amparo.
Pero el liderazgo de Mamá Lucy no se apaga en la cocina. Como mujer emprendedora, toca puertas para llevar la oferta institucional al barrio y capacitar a los suyos. En su comedor se elaboran mermeladas, antipastos, salsas de tomate, néctares, avenas, tortas y postres, productos que comercializan para autogestionar recursos y fortalecer el comedor.
En el barrio Boyacá, la comida es apenas el pretexto, este rincón no solo llena estómagos; reconstruye la dignidad. “Este espacio representa la unión, me dicen ‘Mamá Lucy’ porque muchas personas no solo tienen hambre de comida, necesitan amor, compañía, alguien que los escuche y una voz de aliento. El comedor es un refugio de esperanza, comprensión y mucho amor”, concluye Lucy, dejando rodar una lágrima que sintetiza el significado puro del servicio.