Reflexiones de clase media para el 27 de mayo

Seguramente los más pobres dirían que soy rica y los más ricos que soy pobre. Ni lo uno ni
lo otro, vivo cómodamente sin lujos y lo poco o mucho que tengo -todo es relativo y yo
prefiero pensar que tengo lo suficiente- me lo he ganado bien. Asumo sin embargo que
mis oportunidades han sido mayores que las de la mayoría de la población y en esto
suscribo las teorías sobre la equidad entendida como igualdad de oportunidades, en
contraposición al concepto de igualdad pura y simple –tener todos los mismo, sin
distinción de mérito- que de forma hipócrita e irrealista nos venden ahora desde el
“populismo del siglo XXI”.

El pertenecer al “medio”, al baile de los que ni fú ni fá, tiene sus ventajas: No se es lo
suficientemente rico como para tener que andar protegiendo privilegios, con la arrogancia
de quien cree no tener nada qué perder; y también sus desventajas: no se es lo
suficientemente pobre como para sentirse víctima y reclamar derechos, con la legítima
temeridad de quien verdaderamente no tiene nada que perder. Es la condición incierta
de quienes no somos ni lo uno ni lo otro, la misma que invita a rechazar todo extremismo
ideológico o fáctico, venga de donde venga.

En el contexto de extremismos, malos todos por definición y por experiencia histórica, en
el que estamos naufragando como país -efecto contagio del continente y producto de una
idiosincrasia perversamente inclinada a vivir del mal ajeno y no del bienestar propiosomos
nosotros, la clase sánduche mayoritaria, la que definirá –o debería definir- en
últimas el destino de la nación este domingo 27 de mayo. Gran responsabilidad para la
clase media irresponsable que somos, que por lo general no votamos porque no tenemos
intereses particulares como los más ricos ni nos vemos tristemente obligados a vendernos
por el tamal o el bulto de cemento, como los más pobres.

Cuando me pregunto entonces ¿cómo votar este 27 de mayo? , lo primero que pienso es
que obviamente, como alguien que tiene un par de cosas compradas con su trabajo duro,
juicioso y honesto, no quiero que me quiten nada para dárselo a quien no ha hecho
ningún mérito o esfuerzo. Pero tampoco quiero que me regalen nada.

Por eso, este 27 de mayo, ni Robin Hoods ni Pejes ni Trumps.

Tal vez todos identificamos a Robin Hood, personaje de cuento cuyo modus operandi era
quitarle a los ricos para darle a los pobres. Parecido a las ideas del hoy candidato a la
Presidencia de México y otrora Jefe de Gobierno de la ciudad del mismo nombre, Andrés
Manuel López Obrador, “el peje”. Similar también a la doctrina que llevó a Hugo Chávez a
la presidencia de Venezuela en 1999: promesas populistas –por naturaleza irreales e
irrealizables a menos que se decida sumir a toda la población en la miseria- tipo “Robin
Hood”. Sin hablar de Castro en Cuba o de Ortega en Nicaragua, “revolucionarios”
oportunistas que se incrustaron en sus territorios como emperadores mientras la
población y el país mismo se deshacía en miseria. Igual, en fin, a las promesas de Petro,
que él bien sabe ilusas, amañadas y oportunistas –porque se sabe de memoria aquello de
que “al pueblo, pan y circo”. Como la Cuba de Castro, la Venezuela de Chávez y como
cuanto oportunista ambicioso sediento de poder aspira sin ninguna vergüenza, estos
compradores de la desgracia y el resentimiento colectivo, al subir al trono se convierten
en los peores opresores de la clase trabajadora y obrera en beneficio suyo y de sus
familiares y compadres. Es comprensible que aquellos que claman por un cambio, por
menos corrupción, por más oportunidades, incluso aquellos que, desesperanzados,
invocan la miseria colectiva para superar la individual, tiendan a irse al extremo de
quienes prometen que salvarán al país repartiendo miseria. Pero no es comprensible que
la historia reciente y próxima no nos deje nada que aprender. Si la historia no nos enseña
nada, nos merecemos nuestra suerte
En el otro extremo pero con el mismo perverso oportunismo están los Trumps. Sujetos
que a punta de provocaciones burdas y de infusiones de miedo también recaudan adeptos
ávidos de exprimir la desgracia de otros para ejercer su pretendida superioridad moral y,
por tanto, defender sus “merecidos” privilegios. El remedo de Trump colombiano
afortunadamente no pegó porque aquí no hay tanto rico ignorante como en los Estados
Unidos… pero no hay que confiarse, sus tentáculos pueden permear a otros, que se han
perfilado mostrando poco a poco sus verdaderas cartas.

Pues bien, así estamos en Colombia a pocos días de las elecciones presidenciales, tal vez
las más cruciales de la historia reciente. Por eso, por un lado, los Robin Hoods y los pejes,
los populistas del siglo XXI, tienen tanta acogida, porque aquí -con excepciones que no
alcanzan para hacer verano- no nos gusta vivir del éxito propio sino del fracaso ajeno…
quitémosle a los ricos, ahuyentémoslos del país, hagámonos miserables todos, parece ser
la consigna. Y por el otro lado, los otros también populistas, que prometen un mejor país
volviendo a la guerra, también recaudan sus adeptos a punta de miedo tipo “si no nos
eligen a nosotros este país será un infierno (les falta aclarar que el infierno es creado por
ellos mismos)”.

Ojo, la comparación con Venezuela no es un cliché más, como algunos ilusamente creen,
incluso yo en algún momento. Es una posibilidad real, aterradoramente real. A quienes
aún desdeñan esa comparación, les recuerdo que hoy no son precisamente los ricos
quienes están huyendo hambrientos de ese país (ellos hace rato viven en Miami), es la
clase media y la clase más desfavorecida, los que no tienen comida ni esperanza, aquellos
a quienes en 1999 a punta de sembrar odio les prometieron que los ricos tradicionales no
reinarían más. Y les cumplieron. Los ricos tradicionales no reinaron más, ahora reinan los
nuevos ricos, los amiguetes de Chávez y de Maduro.

Por eso, como integrante de la clase media no quiero Robin Hoods que le quiten nada a
nadie (seguramente yo no caigo entre los que clasifican para quitarles, cómo tampoco
caeré entre los que clasifican para darles) pero tampoco quiero Trumps que consideren
que efectivamente hay una raza superior que merece ser privilegiada y el resto es escoria.
Volver el tema una lucha de clases y hasta de razas ha sido la táctica utilizada por los
populistas del siglo XXI. De un lado y del otro. Y lamentablemente ha funcionado . Y
funciona porque seguimos creyendo tontamente que los extremos se moderarán al
estrellarse con las “instituciones” y la cordura reinará. Pues no ocurrió así con Chávez.
Tampoco con Trump. Y no ocurrirá tampoco con López Obrador, de subir éste al poder.
Mientras tanto, en Colombia seguimos boquiabiertos presenciando las catástrofes del
siglo XXI pero pensando en votar por los Robin Hoods y los Trumps criollos, convencidos
de que sus ideas absurdas son solo ideas, que lo de quitarle a los ricos para darle a los
pobres –o viceversa- son solo consignas populistas. No es así, no lo será … el problema es
que en algún momento ya no habrá más que quitar… y tampoco más que dar, queridos
compatriotas.

Por eso, después de mucho meditarlo decidí unirme a una causa, la del centro, la de la
clase media, la de quienes queremos dejar atrás el odio y la polarización, darle la
bienvenida a la paz pero con mano dura para quien haya delinquido o delinca después de
firmados los acuerdos, alguien que no suba al poder a deshacer lo andado sino a hacerlo
cumplir, que no genere fanatismo –verdadero opio del pueblo- ni tampoco odio, que sepa
cómo gobernar, cómo ejecutar, como cumplir sus planes de Gobierno –tangibles, y
ejecutables y no una sarta de promesas falsas e inejecutables-, en fin, cómo sacar a
nuestro país del egoísmo de unos caudillos megalómanos y egocéntricos, que a punta de
sembrar odio y resentimiento, pretenden llegar al poder. Esa causa es Germán Vargas
Lleras, con sus virtudes, con sus defectos. Con lo bueno y con lo malo que todos podemos
tener, creo que es, verdaderamente, el mejor gobernante que podemos tener hoy.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *