El Chato: Un restaurante de Bogotá a la par con lo mejor

7 meses .


Lvaro Clavijo se encoge de hombros con el refrán demasiado común que para convertirse en un chef que necesita para pasar tiempo en la cocina de la abuela.


“Ni siquiera podía freír un huevo”, comenta en broma al crecer en una familia tradicional de Bogotá, donde cualquier mención de convertirse en cocinero era semejante a no tener trabajo en absoluto. Después de un año estudiando arquitectura en la Universidad de Los Andes, Álvaro se dirigió a París, se dedicó a la fotografía y lavó platos en el bajo vientre de esta capital gastronómica.


Aprendió un francés excepcional y, a pesar del escepticismo de su madre, de poder hacer una cocina viva, se inscribió en la Escuela Hofmann de Barcelona, ​​conocida por crear futuros chefs para trabajar en el propio restaurante de la Academia, Hofmann.


Después de tres años en la capital catalana y cinco viviendo en Francia, Clavijo siempre mantuvo abierta la opción de regresar a Colombia, sobre todo porque aún no había convencido a su madre de que todos los años invertidos en Europa darían lugar a algo más inesperado: Un chef en la familia. Mon Dieu! Pero stumping su regreso a Bogotá fue Nueva York, hogar de muchos grandes culinarios, incluyendo Thomas Keller de Per Se.


Aclamado por su atención fastidiosa a los detalles y la alta cocina francesa, Clavijo consiguió un trabajo en Per Se, ya no relegado a lavar platos, y aprendió que una cocina inmaculada es clave para dirigir un establecimiento de comida de éxito. “Mi cocina es francesa, mis ingredientes son colombianos y mi organización es americana”, comenta Clavijo mientras nos sentamos en el comedor principal de El Chato.


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